lunes, 20 de septiembre de 2010

El cambio

Empecé a usar desodorante cuando empezó a notarse que no lo hacía. Me estrené con el formato en aerosol, pero ello entrañaba un alto riesgo: al aplicarlo, los residuos flotantes me atenazaban los conductos respiratorios y los pulmones, asmáticos, con el consecuente ahogo.
Harto de arriesgar mi vida cada mañana, de sacrificar mis capacidades respiratorias para que los demás pudieran ejercerlas sin temer por sus papilas olfativas, opté por una alternativa elegante y señorial. El clásico Stick desodorante. Azul y fresco, esa especie de jabón antiolorífico me dejaba unos sobacos frescos como un Halls de hierbabuena. (Nótese que nunca supe si sabían igual. Si así hubiese sido, quizás habría podido ofrecerlos a los afectados de molestias en la garganta, pero creo que habrían resultado contraproducentes: El efecto refrescante y calmante se habría visto comprometido sin duda por la irritación que podrían haber producido los pelos inhalados por error, atascados en la maltrecha garganta).
Pero el desodorante en Stick tiene un contratiempo importante: El Stick (que significa "palo", pero como es en inglés mantiene el aura aristocrática que tal producto requiere) se desgasta con el uso y, cuando a penas quedan unos milímetros, uno ya no consigue aplicarlo, pero no puede dejar de lado la ilusión de que sí, por lo que acaba maltratándose las axilas con la vaina de plástico, con las naturales lesiones y abrasiones que tanto miedo da que sean descubiertas en una reunión social o de trabajo.
Fue entonces cuando descubrí el maravilloso Roll-on. Igual que la punta de un bolígrafo pero en enorme, el Roll-on no tenía el mismo aspecto próspero que el Stick pero sin duda complementaba la manejabilidad con todavía un cierto romanticismo gracias al nombre en inglés. Más allá del ocasional pelo enredado en el cabezal rotatorio, el Roll-on era práctico, amable con la piel y no presentaba ningún riesgo de lesión cuando el producto se estaba terminando. Más aún, se podía seguir usando indefinidamente aun cuando estuviese completamente vacío, aunque hay que notar que su eficacia contra el olor era entonces variable e impredecible.
Durante años disfruté de los servicios de tal sistema de despliegue antiolor, incluso aunque al llevarlos en avión y destaparlos, la bola saliese despedida peligrosamente por culpa de los cambios de presión. Esa alma temeraria y divertida era parte de su encanto.
Pero durante todo este tiempo, el fantasma de mi primera vez me perseguía. El aerosol, riendo y retorciendose el bigote, me observaba con mofa. Había apagado mis olores adolescentes por primera vez, pero cada vez que lo había hecho me había agredido con sus vapores asfixiantes. Esa necesidad de dominación, enfermiza, me afectaba emocionalmente. A lo largo de mi adolescencia he escrito poemas expresando esta angustia, que gracias a Dios sufrieron el destino de Roma en manos de Nerón (ahí está una muestra del estilo ampuloso de mis rimas) cuando se los presté para leerlos a mi amigo aficionado al Reaggae.
Sea como sea, recientemente soñé con un pingüino crupier de Las Vegas, un sueño intenso que me revolvió las entrañas. Debía hacer algo con mi viejo enemigo. Debía tomar cartas en el asunto (¡Ahá!). Así que me dirigí hacia el armarito de mi casa donde se guardan los productos de limpieza (corporal y del hogar) y tomé entre mis dedos el cilindro duro y repleto del líquido. Retiré la cubierta, con decisión y con aplomo, y accioné su sensible espoleta. Me rocié con sus contenidos, por todo el cuerpo. El producto se pegaba sobre cada centímetro de mi piel, anulando con su aroma particular cualquier olor que yo pudiese producir. Me irritó los ojos, impregnó mis labios con su sabor desagradable, y también me entró por la nariz.
Pero, a diferencia de las veces de mi adolescencia en las que ello me dejaba sin aire, esta vez a duras penas tuvo efecto sobre mí. Tosí, tímidamente.
A partir de entonces, lo hice cada día, y cada día era una victoria. Ya no era él quien me dominaba. Era yo que lo agarraba con aplomo y, por mi propia voluntad, le obligaba a rociarme. Ahora mandaba yo.

Esto duró meses, pero hace poco empecé a notar otra carencia en mi vida desodorantil. Había usado Sticks. Había utilizado Roll-on. Había dominado el aerosol.
Pero jamás había usado un desodorante que no fuese de estilo geriátrico. De esos con plumas dibujadas al lado de nombre, efectos 24 horas, microtalcos integrados. Anulaban el olor, sí, sustituyéndolo por un ligero olor a trasero de bebé recién bañado.
Pero quien me identifique con el trasero de un bebé recién bañado estará errando el tiro. Ni siquiera me suelo bañar, optando por la opción, más dinámica y vigorizante, de la ducha.
Era el momento de optar por un aerosol con olor.

¿Y qué otra opción existe que el desodorante AXE? ¿Hay más? Pues, si las hay, que cambien de agencia de publicidad. Porque la de AXE ha implantado el producto en mi mente, la ha convertido no solo en referente entre desodorantes, sino en estrella dentro del mundo de los productos que cambian la vida de uno. En la misma liga que los bollitos con fibra que te hacen feliz, la tienda de muebles suecos que te reinventa o las compresas que te hacen bailar complejas coreografías afeminadas, el desodorante AXE parece ser que produce cambios a largo plazo.
Pero debo admitir que no uso ninguno de estos productos. No puedo comprobar la veracidad de sus promesas. Hasta ahora.

Amigos, a partir de hoy uso AXE.

He ido a comprarlo al supermercado, en el chándal que uso para estar por casa, en una de las pausas que he hecho en la escritura de mi tesina. Evidentemente, me he encontrado con contratiempos. ¿Qué viaje heroico no los tiene?
No conocía las variedades de AXE, y por ello no sabía cual era el más adecuado para mi. He pensado en darle al spray y olisquear el aire, pero los desodorantes estaban a la vista de las cajas. ¿Qué habrían pensado de mi las cajeras? ¿Que soy la clase de hombre que no usa AXE?
Era verdad, claro, pero ¿Qué dice esto de mi como hombre?
NADA BUENO.

Por ello, con gesto experto, he tomado uno al azar. Para matizar mi recién adquirida masculinidad en spray, he cargado también el carrito con Coca-cola zero y tortas de maíz Bicentury. Bueno, de hecho, es la compra que suelo hacer. Pero el caso es que no quería agredir a la cajera con mi inminente chucknorrisidad.

He llegado a casa y, tras aplicar el aerosol, he estornudado ligeramente. Nada de ahogos, querido amigo. YO MANDO.

He cometido un pequeño error al elegir el AXE, puesto que he tomado el AXE DARK TEMPTATION, que es, evidentemente, un producto para usuarios de raza negra (¿O mulatos?) y, a juzgar por la tipografía, quizás también para vampiros que relucen a la luz del sol.


Huelo a una especie de chocolate sintético. Es dulce e inquietante.

Pese a todo, Silvia, la señora de la limpieza, parece que ha sabido mantener la compostura.

Más allá de esto, hoy he avanzado mucho en mi tesina. ¿Quizás sea un efecto secundario?

Misterio. Pero os mantendré al día de cualquier posible cambio. Ya no soy el de siempre. Ahora soy un hombre AXEado. Que es lo mismo que "aseado" pero con una excitante y emocionante "X".

--minificha----Día 1--

Altura: 183 cm.
Peso: 100 Kg.
Pelo: Marrón, rizado y escaso.
Ojos: Marrones (2)
Forma física: Rebosante.
Olor: Kinder sintético.
Efecto AXE en mujeres: Ninguno aparente
Efectos AXE secundarios: ¿Superinteligencia?

2 comentarios:

  1. Carlo, realmente eres un caso.
    A todos les pasa que cuando se hechan el desodorante de espray se ahogan si respiras o si te quedas en el mismo sitio que has tirado. Cuando haces punteria directa, como sobacos, no pasa nada, pero cuando haces el zic zac o el movimiento del Dantes pues, no respiras en esos 2s y te mueves un poco atras, o ya te empiezas a mover para fuera. Eres los de riego, ¡aqui me quedo para morir!
    Tema selección, tu puedes coger el desodorante tranquilamente y hecharte un poco en la muñeca para saber el olor, no es tan grabe, siempre lo hago! a parte has mirado mi estanteria, ayer hice limpieza y tengo 7desodorantes: Adidas, dos Square men "Goldenboy" y un Square men "Sport", estos dos del Mercadona que huelen genial, un Massimo dutti, 2 axe, 1 verde que cambian respecto a lo que tu sudas xD y el que tu tienes. Mas 3 que están en la basura.
    Yo soy un hombre de Stock y de atentados respiratorios.

    AAAH y que sepas que yo el AXE, el primero que me compre fue en 2ºEso, el Marine, y un día llegue a clase, que solo estaba Silvia Haro y me dijo: Que bien hueles! (recuerda que por parte de Silvia Haro que me dijera eso, era extraño) A partir de aqui tenia claro que desodorante utilizar, y con el tiempo, te das cuenta que las chicas prefieren un buen olor, que el olor de los chicos de jugar a futbol xD

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